Estar a dieta y sufrir una recaída es inevitable, y de hecho es algo bueno

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Diario de un gordo V: Estar a dieta y sufrir una recaída es inevitable, y de hecho es algo bueno

Ser constante con una dieta puede ser complicado. Por eso, es preferible manejar bien las expectativas para no tener decepciones, y tener previstos de antemano algunos bajones y recaídas que podamos tener.

Por Javier P. Martín  |  19 Octubre 2018

Hay algo que pasa inevitablemente siempre que uno está a dieta: te cansas de ella. Da igual lo motivado que estés, la falta que te haga o lo llevadero que sea tu plan. Ya sea por hastío, flaqueza o simple y llano aburrimiento, llega un momento en el que bajas la guardia. Y empiezas a saltártela.

Esto, en el mejor de los casos, no ocurre de un día para otro. Es como en 'Origen' de Christopher Nolan, una idea que aparece de repente en tu cabeza y va poco a poco tomando forma. Pasa de un ligero antojo fácil de ignorar a convertirse en una voz en el fondo de tu cerebro que te dice: "te mereces un capricho". Y tu fuerza de voluntad va mermando ante las tentaciones: ya sea una galletita a media mañana que ha hecho un compañero del trabajo; unas patatas que te ponen en el bar, y que al empezar la dieta no mirabas ni de reojo; o la cerveza y las tapas un miércoles por la noche porque no te puedes creer que hayas sobrevivido a la mitad de la semana (o peor, que aún queda otra mitad).

Todas las excusas para darte un homenaje acaban siendo válidas. Por ejemplo, mientras escribo esto pienso en el McFlurry que me voy a comprar esta tarde antes de entrar al cine. Hace unos meses ni se me habría ocurrido merendar eso y no los 334 gramos de kefir con 45 gramos de frutos secos naturales que me manda mi nutricionista. Pero hoy estoy escribiendo un artículo sobre la típica recaída de las dietas y me lo voy a tomar como un trabajo de campo. Periodismo de raza.

Lo cierto es que las recaídas son a la vez inevitables y, en la mayoría de casos, una buena noticia. En el mío lo es: si vuelvo a los caprichos y me los permito es porque me he relajado. Ya no tengo el cuerpo ni la rutina que me llevaron a pedir ayuda, y aunque no tengo físico de portada de Men's Health prefiero poder equilibrar mi dieta con mi vida social, por ejemplo. O simplemente permitirme esa copa de vino y esa bolsa de Doritos una noche de fin de semana mientras cocino.

También es una cuestión de realismo: no creo que vaya a tener nunca cuerpo de portada de Men's Health. No porque no sea capaz, sino porque le doy demasiada importancia a placeres de la vida tan refinados como los Donuts o las hamburguesas de un euro. Y sé que si me los niego estrictamente durante un tiempo acabaré recurriendo a ellos en los momentos más vulnerables. Más dura será la recaída.

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Así que gestiono las tentaciones y las expectativas: me controlo lo suficiente como para seguir cumpliendo mis objetivos pero me dejo pecar sabiendo que ya estoy contento con mi cuerpo. No voy a comer como la Chon gorda (aunque coincido con su sabiduría resumida en la frase "lo más grande es comer"), pero probablemente nunca llegue a lucir los músculos de Chris Hemsworth en Thor (ni siquiera en 'Cazafantasmas').

¿Me estoy poniendo una excusa? Probablemente. Pero hay algo liberador en conocer tus límites y aceptar tu cuerpo una vez has empezado una dieta. No hay nada peor que la frustración que nace de los objetivos irreales que nos ponemos: voy a perder 5 kilos en una semana; voy a notar los resultados de haber ido al gimnasio media hora al día durante un mes; en un año voy a ser la envidia de toda la playa y además habré ahorrado. No, nada de eso va a ocurrir. O al menos no de forma tan fácil y rápida como pensabas al principio, cuando tu (sabio) cuerpo se deshace a un ritmo mucho más rápido de la grasa que te sobra. Después el camino es mucho más empinado, y está bien pararse de vez en cuando a tomarse una cerveza.

Ten siempre la mirada en el retrovisor

Esto de estar a dieta y en el gimnasio es una carrera de fondo y con obstáculos, o en mi caso, como ya dije, una guerra abierta contra mi cuerpo. Y la única forma de ir ganándola es ser consciente de todo el camino que he recorrido. No sé cómo estaré dentro de tres años, si habré vuelto a engordar porque la ansiedad de una nueva rutina pudo conmigo o si algún imprevisto médico me habrá hecho perder mucho peso. Pero sí sé cómo ha sido mi cuerpo en cada uno de los pasos que he dado en mi vida, no solo porque lo recuerde, sino porque siempre sale alguna nueva foto olvidada que me lo muestra.

Sé que a los 18, después de perder 30 kilos, engordé 40, y eso sí que fue una recaída. Sé que unos pocos meses de estrés pueden hacer que suba una talla de más.

También sé que ahora tengo el control, que llevo todo el año sintiéndome bien con los esfuerzos que hago y que de momento están siendo suficientes para verme cada mes un poquito mejor en el espejo.

También sé que he quedado con los amigos para ver una película, y que me apetece ese McFlurry. Y que me lo he ganado. La portada de Men's Health puede esperar.

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